Blogs
Quiero ser
February 23, 2012
Es recién ahora cuando me he dado cuenta que mi afición hacia los autos no tiene que ver mucho con el gusto por la estética de los modelos o con la adrenalina de la velocidad. Más bien con el movimiento y la movilidad que generan esas máquinas que han cambiado el curso de la vida de los humanos.
Desde que tengo uso de razón, mi vieja (mamá) se asombraba por mi gusto a los carros. En cada Navidad siempre recibía un camión gigante, tosco, o a veces un deportivo a control remoto.
Recuerdo que escribía en unos pedazos de papel los números de los paraderos con las rutas que entonces circulaban por la avenida Arequipa en mi Lima natal. La línea 1, la 2, etcétera.
Los adhería con pegamento en las partes inferiores de la sillas, de los muebles, de los zócalos y de todo lo que estuviera al paso. Luego, simulaba, con mis carros, una jornada de transporte público tal y como lo percibía. Recogía pasajeros, abría la puerta trasera para que bajen, o la delantera, dependiendo del modelo. Cada bus hacía una pausa prudente como para darle tiempo al chofer para que pueda cobrar a cada uno de los supuestos usuarios.
Mi efusión era tal que cuando viajábamos al norte del Perú a visitar a los familiares, mi mamá se las arreglaba para que yo me sentara adelante e incluso convencía a los conductores para que me dejen ir en la cabina. En un viaje de 12 horas, casi ni dormía.
Luego, mientras crecía y ya entrado en la secundaria de mi querido Jesualdo, mi viejo me presentó unos libros que encerraban palabras con historias misteriosas llamados novelas. El “Boom de la Literatura Latinoamericana” en todo su esplendor: por supuesto devoré a La Ciudad y los Perros de Mario Vargas Llosa (a mi padre no le gustó mucho), Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez y, en una sola noche, muerto de susto, leí a Pedro Páramo de Juan Rulfo. Mis primeras tres novelas, suficiente para amar a las letras.
Los sábados corría al quiosco más cercano para adquirir el tomo más reciente de las varias series de libros de Literatura que en esa época pululaban y que, de repente, se habían convertido en mi pasión desenfrenada.
Leía por las mañanas cuando tomaba el autobús hacia el colegio o por las tardes hacia los entrenamientos de fútbol (deporte que curiosamente aprendí muy tarde, para los estándares de nuestros países pero que sin embargo deleité mucho, pero eso lo tendré que contar en otro blog).
Leía en las clases de matemáticas del profesor Valdez o en todo lo que tenía que ver con números y ciencias. Hasta uno de mis profesores accedió a “pasarme de año” si sólo me dedicaba a leer en un rincón del salón y dejaba a los demás en paz.
Atrás había dejado a la fiebre de las cuatro ruedas, a mi fogosidad por los carros, a los autobuses de miniatura y a los habitantes de una ciudad imaginaria que habían vivido en mi cabeza durante mi infancia.
Hasta que un buen día, cuando esperaba el autobús para ir al colegio, me di cuenta que se trataba de un “ikarus” perteneciente a una flota de fabricación húngara que transitaban casi siempre por la vía expresa. Era la primera vez que me subía a uno de estos vehículos y era también la primera vez que los veía en la avenida Arequipa.
Mi asombro fue tal que avancé hasta la mitad y me detuve justo al medio, donde el armazón estaba como partido por dos y sólo los unía un caucho que entonces se asemejaba más a un acordeón gigante que a otra cosa.
El panorama era increíble. Miraba atónito las destrezas (o el movimiento) del conductor y cómo las calles se movían de un lado a otro por el vidrio delantero del autobús.
Ese día no leí durante ese transitorio viaje. Nada me importaba. En mi mente sólo existían las imágenes del vaivén de ese gusano gigante. Mi profesor de matemáticas estaba sorprendido porque ni leía como él me había sugerido ni hacía caso a la clase.
Se me acercó y me preguntó: ¿Qué vas a hacer de tu vida Castillo? ¿Tienes idea acaso a lo que te vas a dedicar cuando seas grande?
Lo tenía claro: “Voy a ser chofer de autobús, profe, de ‘Ikarus’”.